lunes, 24 de abril de 2017

¡Mira ese cuadro! Dalí

Si uno bucea un poco en la biografía de Salvador Dalí (Figueres, Girona 1904 - ibid. 1989) intentando quitar la paja de su llamativo histrionismo y sus confusas declaraciones programáticas acerca del supuesto método paranoico-crítico y otras balandronadas "pour épater le bourgeois", lo que parece claro es que, mucho antes que Andy Warhol, Dalí ha sido el primero en entender que, en el arte moderno, el producto no es tanto la obra artística, como el artista en sí mismo. El nuevo artista de la sociedad postmoderna es una celebrity, una star, al mismo nivel que una estrella de cine o del pop-rock. 

La obra es el pretexto, el artista es el texto; la obra es lo que genera y provoca el culto que se rinde al artista, pero esa obra está encuadrada en una estrategia de marketing y en un culto global al humano divinizado que deviene el artista para sus fans. Dalí, antes que muchos otros, entendió cuál era el camino y lo siguió sin pestañear, con una ironía y barra muy catalanas, pero con un espíritu comercial igualmente catalán, durante toda su larga vida. El artista es un icono de la sociedad contemporánea, una marca: todo lo que la marca produzca se comprará por el valor añadido asociado a esa marca en particular. En esto Dalí ha sido el más moderno de nuestros artistas, más moderno que Picasso, mucho más que Miró o que Tàpies. 

Aparte de este hecho, que me interesa relativamente como un capítulo de una sociología del arte, aparte sus delirantes manifiestos programáticos surrealistas, que me interesan aún menos y que no son más que el bla-bla-blá justificativo de otro ismo más, arrumbado hace ya tiempo por la historia del arte, lo que sí me interesa es que, incluso a pesar de sí mismo, Dalí fue, ES, un gran artista, desde el punto de vista técnico poseía una versatilidad y un manejo de la técnica pictórica clásica espectacular, pero al mismo tiempo su intuición artística le permite concebir unas imágenes siempre inusitadas, nuevas, sorprendentes, allí donde todos los demás se limitan a la repetición. 

Dalí intuye, antes que el pop art, que la historia del arte es un repertorio, nada más, y como un vándalo entra y saquea  el sagrado templo del arte, coge lo que quiere o le viene bien para reutilizarlo en combinaciones nuevas, sin reverencia alguna, ésa es su frescura, su aportación, combinar un dibujo digno de un renacentista con un tipo de escena onírica propia del surrealismo, las iconografías provenientes de la tradición artística clásica con el desprejuiciado recorta-pega de un découpage pop, y con la vista comercial de un burgués catalán. 

Ése es Dalí: un impostor, un artista genial, un traficante, un macarra, un dandi, un Bradomín feo, católico y sentimental, un audaz futurista, un pesetero, un enamorado, un cursi, todo eso y muchísimo más. Un catalán y un español universal.





Salvador Dalí. Hércules levanta la piel del mar y detiene a Venus por un instante de despertar a Cupido, 1963. Colección privada.





3 comentarios:

  1. NO HAY COMENTARIOS para su artículo.
    Ha sido Ud. tan certero en sus dardos, que no cabe en la diana ni una flecha más.
    ¡Chapeau!

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    1. Que conste que me gusta, al menos en general, Dalí. Es un artista con una inmensa sagacidad e inteligencia, si bien seguramente debió ser un ser humano de lo más irritante. Creo que Camus se expresó en unos términos muy parecidos sobre nuestro pintor.
      Un saludo!

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    2. Coincido plenamente con Ud.
      Cuando era adolescente, recuerdo haberme tirado horas enteras contemplando las obras del pintor de Figueras "La última Cena" y su "Cristo de San Juan".
      Después tuve conocimiento de los berrinches que en la Academia madrileña le daba al bueno de don Enrique Simonet -que se vió obligado a promover su expulsión-, los sinsabores ocasionados a su mismo padre y para colmo, el desafortunado comentario que hizo sobre el pintor malagueño Paco Hernández.
      Todo ello hizo disminuir mis simpatías hacia tan excéntrico personaje, sin disminuir un ápice la apreciación de su genial obra.

      Picasso, Rodin, Courbet y tantos otros genios, han causado dolor a a quiénes le rodeaban y efectivamente eso resta desde el punto de vista humano, altura a sus figuras. Lo que ocurre es que pocos se atreven a hacer ese tipo de crítica hacia ellos por temor a luchar contracorriente. Esa valentía y sinceridad es lo que en el anterior comentario he alabado de Ud., sin menospreciar en absoluto las obras del artista.
      ¿Nos entendemos, verdad?

      Un atento saludo y nuevamente
      FELICIDADES por sus entradas

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